Para muchos chicos y adolescentes, apostar no es visto como un problema. No lo llaman apostar: dicen que “juegan”, que “prueban”, que “saben lo que hacen”. Pero detrás de esa percepción hay un fenómeno silencioso que empieza a impactar en su bienestar emocional, sus vínculos y su forma de relacionarse con el dinero, según un estudio realizado por Chicos.net.
La frase condensa una idea extendida: la creencia de que el conocimiento, la intuición o la estrategia pueden ganarle al sistema. Pero en realidad, el negocio de las apuestas está estructurado sobre la probabilidad matemática, un factor que suele ser subestimado o directamente ignorado en estas edades.
El ingreso al mundo de las apuestas no suele responder a una única causa. Según datos de Observatorio Humanitario Cruz Roja, el 89% de los jóvenes comienza por curiosidad, el 84% por entretenimiento y el 53% por la expectativa de ganar dinero rápido. A esto se suma un dato clave: el 44% empezó a apostar motivado por bonos promocionales o incentivos de las plataformas (ObservatorioHumanitarioCruz Roja), lo que evidencia el rol activo de las estrategias de captación.
En muchos casos, la experiencia inicial refuerza la ilusión de control. “Gané con el bono y pensé que había descubierto el sistema”, relatan adolescentes en talleres de Chicos.net. Ese primer resultado positivo puede generar una percepción engañosa de habilidad, que rápidamente se traduce en una mayor exposición al riesgo.
El problema también está en cómo se nombra. En el lenguaje cotidiano, los adolescentes hablan de “jugar”, cuando en realidad están apostando dinero propio o incluso familiar. Ese cambio semántico no es menor: diluye el riesgo, naturaliza la práctica y la integra como una actividad más dentro del ocio digital.
A nivel cultural, el fenómeno encontró un terreno fértil. El Mundial de Fútbol 2022 marcó un punto de inflexión en la normalización de las apuestas deportivas entre jóvenes, integrándolas de forma masiva en el consumo deportivo y en las conversaciones diarias (Faro Digital, análisis sectorial).
Pero las consecuencias no tardan en aparecer. La participación temprana en apuestas puede afectar la capacidad de tomar decisiones responsables, comprometer la independencia futura y deteriorar vínculos sociales y familiares. También impacta en el manejo del dinero, generando hábitos que se alejan de una relación consciente con los recursos.
Desde esta perspectiva, el foco deja de estar en el juego como entretenimiento y pasa a centrarse en lo que está en juego: la salud emocional de los chicos, su autonomía y su desarrollo.
En este contexto, distintas organizaciones sociales impulsan una iniciativa conjunta para visibilizar el problema y promover una conversación urgente. El objetivo es claro: que los adultos se involucren como referentes activos, generen espacios de diálogo y acompañen a niños, niñas y adolescentes en la comprensión de los riesgos asociados.
Porque, muchas veces, el primer paso no es prohibir, sino entender cómo lo están viviendo ellos. Y, sobre todo, empezar a hablar.
Esta nota se enmarca en una campaña impulsada por el Consejo Publicitario Argentino (CPA), junto a organizaciones sociales UNICEF, Cruz Roja, Chicos.net, Fundación Padres, Faro Digital y Fundación Convivir, orientada a prevenir las apuestas online en niños, niñas y jóvenes.






