Cambios en la agenda de sustentabilidad en los últimos 5 años

Hubo un momento en el que hablar de ESG era casi una obligación corporativa. Las empresas competían por anunciar metas de carbono neutro, lanzar reportes con estética minimalista y mostrar iniciativas ambientales en campañas publicitarias. La sustentabilidad había dejado de ser un tema periférico para convertirse en un activo reputacional, financiero y hasta cultural. Cinco años después, el escenario es otro.

La agenda ESG ya no se mueve únicamente por presión social o tendencias globales. Hoy atraviesa una etapa más compleja, más técnica: la de las pruebas concretas. Las compañías enfrentan mayores exigencias regulatorias, cuestionamientos sobre el impacto real de sus acciones, consumidores más escépticos y un contexto económico que obliga a justificar cada inversión.

La sustentabilidad dejó de ser un “departamento inspiracional” para entrar, definitivamente, en el corazón del negocio.

Del relato aspiracional a la gestión medible

Uno de los cambios más notorios de los últimos años fue el pasaje desde la comunicación hacia la trazabilidad.

En 2020, gran parte de la conversación corporativa estaba centrada en compromisos de largo plazo: emisiones net zero hacia 2050, eliminación de plásticos, energías renovables o cadenas de valor más responsables. Muchas empresas comenzaron a incorporar lenguaje ESG incluso antes de tener estructuras sólidas para sostenerlo.

Hoy el foco cambió. La discusión ya no pasa solamente por “qué promete” una compañía, sino por cuánto puede demostrar.

Los inversores, reguladores y consumidores empezaron a exigir métricas, auditorías, evidencia y estándares comparables. En paralelo, crecieron las críticas hacia iniciativas superficiales o difíciles de verificar.

En ese contexto, conceptos como doble materialidad, debida diligencia, huella de carbono de alcance 3 o trazabilidad dejaron de ser temas exclusivos de especialistas para entrar en las conversaciones de directorio.

El auge —y desgaste— del boom ESG

La pandemia aceleró como nunca la conversación sobre sustentabilidad. Durante esos años, muchas empresas ampliaron sus áreas ESG, lanzaron compromisos públicos y buscaron posicionarse frente a una sociedad que demandaba respuestas sobre impacto ambiental, diversidad, salud y bienestar. Pero el crecimiento rápido también generó tensiones.

A medida que aumentó la exposición pública de las compañías, también crecieron las acusaciones de greenwashing. En muchos casos, la sustentabilidad comenzó a verse más como una herramienta de marketing que como una transformación profunda del negocio.

Eso derivó en otro fenómeno cada vez más visible: el greenhushing. Es decir, empresas que prefieren comunicar menos —o directamente callar— por miedo a cuestionamientos, judicialización o críticas reputacionales.

Otro cambio importante es que la conversación ambiental dejó de girar exclusivamente alrededor del cambio climático.

Si bien la descarbonización sigue siendo prioritaria, comenzaron a ganar espacio temas que hasta hace poco aparecían de manera marginal:

  • biodiversidad,
  • regeneración,
  • agua,
  • impacto sobre ecosistemas,
  • economía circular,
  • transición justa,
  • derechos humanos en la cadena de valor.

En otras palabras, la agenda ESG se volvió más sistémica. Ya no alcanza con reducir emisiones si una empresa tiene conflictos sociales, problemas de trazabilidad o impactos sobre comunidades. Tampoco alcanza con una acción aislada de reciclaje si el modelo de negocio sigue basado en consumo descartable o extracción intensiva.

El regreso de la rentabilidad al centro de la conversación

Durante varios años, gran parte del ecosistema corporativo hablaba de ESG casi como un consenso inevitable. Sin embargo, el contexto económico global volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cómo sostener estas agendas en tiempos de presión financiera?

Inflación, crisis energéticas, conflictos geopolíticos y desaceleración económica hicieron que muchas empresas revisaran prioridades.

Eso no significa necesariamente un retroceso, pero sí una transformación del enfoque. Hoy las áreas de sustentabilidad necesitan demostrar con más claridad cómo generan valor: reducción de riesgos, eficiencia operativa, acceso a financiamiento, innovación, atracción de talento, resiliencia del negocio.

La sustentabilidad dejó de sostenerse solamente por reputación. Cada vez más debe justificar impacto económico.

El rol de las regulaciones

Mientras en una primera etapa gran parte de los compromisos eran voluntarios, hoy distintos mercados avanzan hacia normas más estrictas de reporte, transparencia y debida diligencia.

Europa se convirtió en uno de los principales motores de este cambio, empujando nuevas exigencias sobre información ESG, cadenas de suministro y estándares ambientales que impactan incluso sobre empresas fuera del continente.

Esto generó un efecto dominó: compañías proveedoras, exportadoras y multinacionales comenzaron a pedir más información a toda su cadena de valor, incluyendo PyMEs.

Pero, tal vez el principal cambio de los últimos cinco años sea otro: la sustentabilidad perdió cierta ingenuidad.

La idea de que las empresas podían transformarse rápidamente mediante compromisos aspiracionales dio paso a una mirada más realista sobre las complejidades de la transición.

Hoy la conversación incluye tensiones concretas: cómo financiar cambios estructurales, qué hacer frente a cadenas globales difíciles de controlar, cómo evitar impactos sociales en procesos de transición energética, cómo compatibilizar crecimiento económico y límites ambientales.

La agenda ESG dejó de ser un espacio cómodo de consensos generales para convertirse en un terreno de decisiones estratégicas, disputas regulatorias y presión creciente por resultados tangibles.

Artículo anteriorPor qué las empresas redefinen qué significa liderar en 2026