La discusión urgente que recorre al mercado financiero es cómo estructurar instrumentos capaces de mover capital real hacia proyectos con impacto social y ambiental medible, sin descuidar la rentabilidad ni la gestión del riesgo.
En un reciente encuentro convocado por CAMBRAS en Buenos Aires, referentes clave de la banca, la inversión de impacto y el sector empresarial coincidieron en un diagnóstico central: para escalar en la coyuntura argentina, la sostenibilidad tiene que dejar de ser un adorno reputacional y meterse de lleno en el core del negocio.
Del impacto como adorno a la tercera dimensión del negocio
Frente a una macroeconomía que suele empujar a las empresas a gestionar solo la urgencia, la tentación de dejar la agenda ambiental y social en segundo plano es alta. Sin embargo, la mirada de los especialistas apunta hacia la dirección contraria.
“Las finanzas sostenibles necesitan un impacto medible, reportable, evaluable y concreto”, sostuvo Matías Kelly, director de Sumatoria. “La ecuación tradicional que contempla rentabilidad y riesgo hoy necesita incorporar obligatoriamente una tercera dimensión: el impacto”.
Desde Sumatoria —que combina capital de mercado con fondos filantrópicos para financiar a emprendimientos e instituciones con barreras de acceso al crédito tradicional— marcan que el desafío no es buscar únicamente organizaciones con estándares ideales, sino acompañar la transición de empresas tradicionales. La respuesta del mercado acompaña: la entidad mantiene niveles de mora de apenas el 2% y ya emite obligaciones negociables en el mercado de capitales para fondear la economía de impacto.
A nivel regional, las estructuras híbridas ganan terreno. Pedro Telles, Country Manager de Latimpacto, destacó la aceleración del blended finance (financiamiento combinado) y las estructuras de first loss, donde un capital inicial absorbe el riesgo mayor para destrabar el ingreso de grandes inversores privados e institucionales.
Inteligencia artificial, pymes y la inclusión de 4,5 millones de usuarios
Uno de los cuellos de botella más marcados en el país para emitir bonos etiquetados (verdes, sociales o sostenibles) es el costo de entrada. Las certificaciones, auditorías y opiniones de terceras partes (second-party opinions) suelen ser una barrera pesada para las pequeñas y medianas empresas.
“Hay mucho de educación y de viabilidad técnica para que estos bonos sean más fáciles de implementar”, advirtió Isela Costantini, jurado del Premio CAMBRAS. “La inteligencia artificial tiene un potencial enorme para reducir radicalmente el costo de medir y verificar resultados en las pymes”.
La tecnología abre la puerta a la inclusión financiera. Juan Bruchou, fundador de Brubank, repasó cómo la banca digital logró alcanzar a 4,5 millones de clientes en todo el país utilizando modelos alternativos de scoring crediticio para generar antecedentes donde el sistema tradicional no llegaba.
Con programas orientados a microfinanzas para mujeres emprendedoras y sectores de menores ingresos, Bruchou remarcó que las tasas de mora de estos segmentos suelen ser incluso inferiores a las de los productos bancarios tradicionales. Pero para que esto sea la regla y no la excepción, la señal debe venir desde la cabeza.
“La sostenibilidad debe formar parte de la cultura de toda la organización y no quedar limitada a un área específica”, enfatizó Bruchou. “El CEO tiene que estar comprometido, el senior management, la gerencia… el banco tiene que estar absolutamente comprometido”.
Escalar el mercado: el rol de reguladores y fondos
Para profundizar el mercado de financiamiento con impacto en Argentina, la hoja de ruta trazada exige dos movimientos en paralelo: multiplicar las emisiones de menor escala para que las pymes participen, y lograr que los inversores institucionales, aseguradoras y family offices incluyan un cupo fijo de activos sostenibles en sus carteras.
El diálogo con organismos como el Banco Central, la CNV y BYMA será determinante para flexibilizar exigencias y crear garantías multilaterales o incentivos fiscales. La experiencia demuestra que cuando reguladores y empresas dialogan, la innovación avanza. Transformar estas iniciativas aisladas en un ecosistema fluido es la única vía para que el capital encuentre, finalmente, proyectos con impacto real.






