Más allá de la eficiencia: ¿está el ambiente redefiniendo el corazón de los negocios?

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Según los resultados del reciente relevamiento para el Mapa de la Sustentabilidad en Argentina de Visión Sustentable, el componente ambiental es el eje más consolidado de la agenda: el 80% de las empresas cuenta con una política ambiental, el 76,8% trabaja con metas y seguimiento periódico, y más de un centenar desarrollan iniciativas de eficiencia energética, economía circular y acciones para reducir emisiones.

Pero a medida que estas herramientas se consolidan aparece una pregunta más exigente: ¿cuánto de esa información está modificando realmente las decisiones del negocio?
Las experiencias de BBVA, Genneia y Trivento muestran que la evolución comienza a producirse en distintos puntos de la cadena. La sustentabilidad empieza a intervenir en las decisiones que las hacen posibles.

Cuando el ambiente condiciona el negocio

Para Trivento, el cambio climático dejó de ser una proyección de largo plazo. Es una condición que atraviesa las decisiones productivas actuales. “Somos una industria que depende 100% del suelo, del clima y de las plantas”, explica Mercedes Álvarez, gerente de Sustentabilidad de la compañía.

En Mendoza, donde la disponibilidad de agua determina la viabilidad de la producción, la empresa comenzó a transformar la manera en que gestiona uno de sus recursos más críticos. La respuesta de la bodega combina información meteorológica, conocimiento agronómico y experimentación: estaciones meteorológicas en los viñedos, riego de precisión y análisis del comportamiento de las plantas permiten definir cuándo y cuánto regar, e incluso evaluar hasta qué punto pueden soportar restricciones hídricas.

La adaptación también aparece en Genneia, aunque desde otro sector. Una empresa que genera energía renovable contribuye a reducir emisiones, pero sus proyectos también deben prepararse para un contexto climático que modifica las condiciones de operación. Para ello, la compañía incorpora variables ambientales desde la planificación de sus parques y busca reducir la intensidad de sus emisiones. Durante 2025 incorporó 412 MW de nueva capacidad operativa y redujo un 46% la intensidad de emisiones de gases de efecto invernadero respecto de 2024.

En BBVA, la mirada climática se desplaza hacia el riesgo de las actividades que financia. “A nivel Grupo, las emisiones asociadas a la cartera representan alrededor del 99% de su huella de carbono. Por eso, el foco está puesto en acompañar la descarbonización de los clientes, establecer objetivos sectoriales y orientar el financiamiento hacia actividades y tecnologías con menor impacto ambiental”, explica Alejandro Chiaradía, gerente de Soluciones Empresas, Instituciones y Sostenibilidad.

La diferencia es sustancial: mientras la operación propia puede reducir su impacto mediante eficiencia energética —en Argentina, BBVA alcanzó en 2025 el 100% de consumo eléctrico proveniente de fuentes renovables—, la mayor incidencia ambiental está
relacionada con qué actividades reciben capital y cómo se evalúan sus riesgos.

BBVA además incorpora el recurso hídrico desde otra perspectiva: como una variable de riesgo dentro de las actividades que financia. En particular, su herramienta Agro Advisor Sostenible incorpora al análisis del sector agropecuario factores como riesgo hídrico y mitigación de sequías, junto con información productiva y geoespacial.

Así, el agua deja de ser solamente un recurso cuyo consumo debe reducirse. Puede convertirse en un factor que modifica una práctica agrícola, condiciona una tecnología o altera la evaluación de una actividad productiva. Gestionar el recurso de manera responsable es una condición para sostener el negocio.

Del carbono al suelo y la biodiversidad

La ampliación de la agenda ambiental también implica reconocer que el carbono no explica todos los impactos. En Genneia, la biodiversidad, las características del suelo y el paisaje forman parte del análisis previo a definir la ubicación y el diseño de cada parque.

Los proyectos incorporan estudios de impacto ambiental, planes de gestión y monitoreo de variables como fauna voladora, ruido, calidad del aire y agua subterránea.

En Trivento, el suelo es directamente el principal activo productivo. La compañía trabaja desde hace años en la reposición de nutrientes extraídos por las plantas y avanza en prácticas de agricultura regenerativa destinadas a aumentar la cobertura del suelo y favorecer la biodiversidad.

“Es un desafío técnico, es un desafío ambiental y también es un desafío cultural”, sostiene Álvarez. La compañía busca alcanzar una cobertura de suelo que permita mejorar su conservación y generar mayor biodiversidad sin producir un consumo hídrico desproporcionado.

“Hoy en día la mayoría de las decisiones pasan por un tamiz ambiental”, señala Álvarez. Y esa mirada empieza a tener una dimensión financiera: el desempeño ambiental y social de una empresa puede repercutir en sus posibilidades de acceder a financiamiento. Es justamente allí donde la experiencia de Trivento dialoga con BBVA: mientras la bodega incorpora criterios ambientales a sus decisiones de negocio, el banco los utiliza para
evaluar las actividades que financia.

La sustentabilidad deja de ser solamente una cuestión de impacto y empieza a tener consecuencias sobre cómo se invierte, qué se financia y bajo qué condiciones. “Hace un tiempo uno pensaba en qué costo tiene implementar la sustentabilidad, y ahora tal vez la pregunta ¿Qué costo tiene no hacerlo?”, precisa. Para BBVA, conocer mejor el desempeño productivo y ambiental de un establecimiento permite orientar el asesoramiento y las decisiones de financiamiento.

La huella no termina en la operación

La segunda transformación aparece cuando las compañías amplían la mirada más allá de sus propios límites. En Genneia, una parte significativa de las emisiones de Alcance 3 se concentra en la cadena de suministro: fabricación y provisión de equipos, materiales y componentes, además de construcción y logística.

Son emisiones asociadas a actividades que la compañía no controla directamente, entonces el trabajo se extiende hacia proveedores mediante procesos de debida diligencia, capacitación, criterios ESG y políticas de compras responsables.

En Trivento, la mayor fuente de emisiones es un objeto más cercano: la botella. La empresa, que mide su huella de carbono desde 2007, y detectó que el envase representa uno de los principales impactos individuales del producto. La respuesta fue reducir su peso en un promedio de 420 gramos.

La decisión podía parecer exclusivamente técnica, pero tiene una dimensión comercial, ya que la botella forma parte de la identidad del vino y cualquier cambio puede impactar en la percepción del consumidor. “Impulsamos detrás de eso toda una campaña de comunicación a nuestros consumidores para que entendieran que lo que se reduce es el peso de la botella y que ahora están teniendo, en el fondo, un mejor producto porque el líquido es el
mismo, pero el impacto ambiental es menor”, explica Álvarez.

Como mencionamos, para BBVA la frontera de impacto se encuentra en los proyectos que financia. Un ejemplo es Bio4, compañía a la que el banco destinó $9.450 millones a lo largo de cuatro años para ampliar su capacidad productiva e incorporar tecnología orientada a mejorar la eficiencia en la producción de bioetanol. “La inversión permitió reducir un 3% la huella de carbono del producto, equivalente a 17 gramos menos de CO₂ por litro y 2.448 toneladas de CO₂ equivalente evitadas por año”, precisa Chiaradía.

El criterio ambiental impulsa innovación

Cuando una restricción ambiental empieza a convertirse en una oportunidad para revisar procesos, surge la innovación. Genneia desarrolló la limpieza robotizada en seco de paneles precisamente porque el agua era un recurso crítico. Trivento utiliza información climática y agronómica para adaptar el riego y explora nuevas prácticas para regenerar los suelos.

BBVA incorpora inteligencia artificial, datos geoespaciales e información de campañas anteriores para construir una mirada ambiental sobre la producción agropecuaria.
En el último caso, incluso puede determinar qué se considera una operación sostenible. El banco incorporó criterios ambientales y sociales que condicionan la admisión de determinadas operaciones y sectores, mientras desarrolla herramientas para acompañar a las PyMEs en proyectos de eficiencia energética, energías renovables, movilidad sostenible, gestión de residuos, economía circular y recursos hídricos.

En Genneia, la innovación también se refleja en el desarrollo de programas de economía circular para la reutilización, recuperación y valorización de materiales, y sigue la evolución tecnológica vinculada al fin de vida de paneles solares, palas eólicas y otros componentes.

La lógica empieza a ser transversal. No se trata de agregar una tecnología “verde” a una operación existente, sino de preguntarse si una restricción ambiental puede llevar a diseñar una solución diferente.

El desafío: que el cambio sea estructural

La consolidación de políticas y métricas ambientales plantea ahora un desafío más complejo: transformar decisiones de manera sistemática y no solamente a través de proyectos puntuales.

BBVA se propuso para 2026 canalizar más de USD 3.000 millones en financiamientos para el negocio sostenible. El objetivo supone ampliar el acompañamiento a empresas y PyMEs y, al mismo tiempo, integrar los riesgos físicos y de transición en la gestión de
su cartera.

Genneia plantea como principal desafío acompañar el crecimiento de sus operaciones fortaleciendo la gestión ambiental en toda la cadena de valor. Entre sus prioridades están profundizar el conocimiento de su Alcance 3, fortalecer la protección de la biodiversidad, impulsar la economía circular e incorporar nuevas soluciones tecnológicas.

Para Trivento, uno de los objetivos centrales de los próximos años está en la regeneración de los viñedos: lograr mayor cobertura de los suelos, generar biodiversidad y, al mismo tiempo, utilizar el agua de manera eficiente. Es un equilibrio que la propia compañía
reconoce como uno de sus principales desafíos.

Los datos del Mapa muestran que las empresas argentinas ya construyeron buena parte de las herramientas para gestionar el impacto ambiental. Las experiencias sugieren que comienza una etapa diferente: aquella en la que el impacto ambiental no solamente se mide, sino que participa en la decisión desde el principio.

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