El Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) cerró una misión de cinco días en Argentina que confirma que la relación —de casi cuatro décadas, período en el que el organismo movilizó esos US$450 millones— sigue firme y, además, se reconfigura.
La delegación, encabezada por Donal Brown, Vicepresidente Asociado del Departamento de Operaciones de Países del FIDA, se reunió en Buenos Aires con el Ministerio de Economía, la Cancillería y la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, y después viajó a Catamarca para caminar los proyectos que financia sobre el terreno.
Por qué el norte argentino sigue en el radar
La Argentina exhibe números macro que gustan afuera: entre los principales productores y exportadores de alimentos del planeta, con perspectivas de crecimiento favorables para 2026 y 2027. Pero esa foto general esconde otra: aunque la pobreza bajó a nivel nacional en los últimos años, las brechas rurales —sobre todo en el norte— se resisten a cerrarse.
Ahí es donde el FIDA concentra sus fichas. Y Catamarca se volvió, en ese mapa, una de las provincias con mayor tracción para ejecutar proyectos.
La Ruta del Telar: cuando una tradición se convierte en modelo de negocio rural
Uno de los momentos fuertes de la visita fue el recorrido por la Ruta del Telar, en el norte catamarqueño. Ahí conviven tres proyectos financiados por el FIDA en los últimos 15 años, con una inversión de unos US$13,5 millones que llegó de forma directa a cerca de 4.000 familias rurales y, de manera indirecta, a más de 15.000 personas.
Rocío Medina Bolívar, Directora Regional del FIDA para América Latina y el Caribe, lo resumió con una idea que podría ser un caso de estudio de desarrollo territorial: los resultados duraderos aparecen cuando hay continuidad en el tiempo, articulación entre Nación, provincia y comunidad, y respaldo financiero internacional sostenido. Traducido: no alcanza con la plata, hace falta que el proyecto sobreviva a los cambios de gestión.
El giro que viene: financiar directamente a las provincias
Más allá del balance histórico, la misión dejó una novedad institucional que vale la pena seguir de cerca. El FIDA está ampliando sus esquemas de financiamiento para incluir de forma directa a los gobiernos provinciales, y ya tiene el primer caso concreto: en Entre Ríos, un financiamiento adicional de US$15 millones al Programa de Promoción de Sistemas Agroalimentarios Resilientes y Sostenibles para la Agricultura Familiar (PROSAF) se convirtió en la primera operación del organismo en el país bajo modalidad de crédito a una provincia con garantía soberana. El dinero va a apicultura y a mejorar caminos rurales, dos cuellos de botella clásicos de la producción familiar.
También se evalúan mecanismos de financiación subnacional para fortalecer las cadenas ovina y caprina y la producción lechera de pequeña escala. Y en Catamarca, la delegación ya conversó con las autoridades provinciales sobre nuevas líneas de apoyo.
El número que resume casi 40 años de trabajo conjunto
Desde que arrancó el vínculo, el FIDA movilizó más de US$450 millones para el desarrollo rural argentino —sumando fondos propios, aportes del Estado y de otros socios financiadores— a través de 10 proyectos de inversión y múltiples iniciativas de conocimiento y política pública. El resultado acumulado: cerca de 300.000 personas alcanzadas.
En un contexto donde la sostenibilidad rural suele quedar eclipsada por la discusión macro del agro exportador, esta misión funciona como recordatorio: hay otra ruralidad, más chica y más frágil, que también define el futuro del sistema agroalimentario argentino. Y que, al menos por ahora, sigue teniendo un socio internacional dispuesto a apostarle.






