La primera edición del Premio al Impacto Social de Grupo San Cristóbal recibió 205 postulaciones de todo el país y permitió identificar organizaciones que están desarrollando respuestas innovadoras frente a problemáticas sociales complejas.
A partir de esa experiencia, en una charla con Silvia Battilana, Responsable de Sustentabilidad de Grupo San Cristóbal, la segunda edición pone el foco en cómo acompañar el crecimiento de iniciativas que ya generan resultados concretos y qué desafíos enfrenta hoy el tercer sector.
En Argentina existe un entramado de organizaciones sociales que, desde distintos territorios, desarrolla soluciones frente a algunos de los problemas más complejos de la sociedad. Muchas trabajan con modelos innovadores, conocen de cerca las necesidades de las comunidades y logran resultados concretos, medibles. Sin embargo, transformar esas experiencias en procesos sostenibles y escalables continúa siendo uno de sus principales desafíos.
La primera edición del Premio al Impacto Social de Grupo San Cristóbal recibió 205 postulaciones de diez provincias y CABA, de las cuales nueve organizaciones llegaron a la instancia de finalistas y tres fueron reconocidas con financiamiento para potenciar sus proyectos.
Con la apertura de la segunda edición, el Grupo vuelve a poner el foco en iniciativas que ya están implementadas y que buscan ampliar su impacto. En esta oportunidad, destinará $45 millones para acompañar a tres proyectos, con un premio de $15 millones para cada uno, vinculados con el fin de la pobreza, la salud y el bienestar y la educación de calidad. Entre los criterios de evaluación se encuentran el impacto, la innovación, la sustentabilidad a largo plazo, la inclusión y el potencial de replicabilidad.
Para Silvia Battilana, la primera convocatoria permitió confirmar algo que la organización intuía, pero que todavía no había podido dimensionar: la magnitud y diversidad del trabajo social organizado que existe en el país.
“El aprendizaje más relevante llegó después de la premiación”, explica Battilana. El seguimiento de las tres organizaciones ganadoras permitió comprobar que el financiamiento cumple funciones diferentes según el momento y la estructura de cada entidad. Mientras en algunos casos complementa recursos que ya estaban disponibles, en otros habilita directamente una etapa de expansión que la organización todavía no podía afrontar.
La conclusión fue que acompañar a una organización social no se limita a transferir fondos. También implica comprender qué función estratégica cumple ese financiamiento dentro de su proceso de crecimiento.
Medir el impacto más allá del dinero
Uno de los desafíos de las iniciativas de inversión social es determinar qué sucede después de la entrega de los recursos. Para Grupo San Cristóbal, la respuesta está en el seguimiento.
A los seis meses de la premiación, la compañía realiza una auditoría de impacto mediante entrevistas en profundidad con cada organización ganadora. El análisis contempla tres dimensiones: el cumplimiento de los objetivos planteados, el alcance concreto en términos de personas y comunidades beneficiadas y el fortalecimiento institucional.
Esto último incluye aspectos como las alianzas construidas, la estrategia de financiamiento y el plan de crecimiento.
La mirada permite desplazar el foco desde una pregunta sencilla —qué se hizo con el dinero— hacia otra más relevante: qué capacidades logró fortalecer la organización a partir del acompañamiento recibido.
La propia estrategia de sustentabilidad de Grupo San Cristóbal plantea la necesidad de generar valor a través de una mirada integral sobre los impactos sociales, ambientales y económicos, y define entre sus pilares el negocio sostenible, una organización comprometida y los vínculos responsables.
Cuando financiar significa poder escalar
Los resultados de los tres proyectos ganadores de la primera edición muestran diferentes formas en las que un aporte económico puede convertirse en capacidad de crecimiento.
La Asociación Civil La Poderosa avanzó con su modelo de producción comunitaria en Córdoba y en Barrio 31.
En el caso de Ingeniería sin Fronteras Argentina, el proyecto permitió completar la construcción de las 25 estructuras de captación de agua de lluvia previstas, con la participación de 87 familias organizadas en doce cuadrillas de trabajo. Pero quizás uno de los indicadores más relevantes apareció después: comunidades vecinas comenzaron a solicitar la réplica del sistema.
Para Battilana, esa demanda es una señal concreta del potencial de escalabilidad de una solución social: no se trata simplemente de llevar un proyecto a más lugares, sino de que el propio territorio identifique su utilidad y demande una nueva implementación.
El tercer caso, Monte Adentro, utilizó el aporte para comenzar a trabajar en cuatro nuevas comunidades wichí y qom del Chaco, incorporando espacios de apoyo escolar para más de 30 niños en cada una.
Actualmente, según los datos aportados por la organización, Monte Adentro trabaja en 36 comunidades y alcanza a más de 700 familias y 1.000 estudiantes en el Impenetrable chaqueño.
Los tres casos muestran que el impacto social no necesariamente crece de manera lineal. A veces el financiamiento permite ampliar una intervención; otras veces genera las condiciones para que una solución pueda ser replicada o fortalece la estructura necesaria para sostenerla.
El desafío de crecer sin perder el vínculo con el territorio
En un contexto económico en el que el acceso al financiamiento resulta cada vez más restrictivo, la falta de recursos no es el único obstáculo para las organizaciones sociales.
Según Battilana, existe un desafío menos visible pero determinante: la diferencia entre el ritmo de crecimiento de una organización y los tiempos del territorio donde trabaja.
El caso de Monte Adentro resulta ilustrativo. Trabajar con comunidades diferentes requiere estrategias y tiempos específicos. Por eso, escalar no significa necesariamente reproducir un modelo de manera idéntica en distintos lugares.
“Escalar no es simplemente replicar un modelo”, plantea Battilana, sino respetar tiempos culturales que no pueden acelerarse solamente con una mayor disponibilidad de recursos.
Esta tensión es central para pensar el impacto social. Una iniciativa puede ser eficiente, innovadora y tener resultados comprobables, pero su crecimiento dependerá también de la capacidad de adaptarse a las características de cada comunidad.
Financiamiento, institucionalidad y nuevas alianzas
A la complejidad de trabajar en territorios diferentes se suma otro desafío: la fragilidad estructural con la que muchas organizaciones desarrollan su actividad.
La falta de espacios propios, las dificultades para consolidar estructuras institucionales y la necesidad de profesionalizar procesos administrativos aparecen como obstáculos para organizaciones que, muchas veces, concentran sus esfuerzos en la intervención directa.
También existe una creciente complejidad en materia de financiamiento.
Las tres organizaciones ganadoras cuentan con más de una fuente de recursos. La diversificación permite reducir la dependencia de un único financiador, pero al mismo tiempo exige mayores capacidades de gestión, planificación y rendición de cuentas.
En este escenario, el aporte de las empresas puede cumplir una función que excede la transferencia económica.
Para Battilana, el reconocimiento y la visibilidad pueden convertirse en activos relevantes para las organizaciones sociales: abrir nuevas puertas, facilitar alianzas y generar vínculos institucionales que de otro modo podrían resultar más difíciles de alcanzar. El financiamiento, entonces, puede funcionar como un acelerador de procesos que ya estaban en marcha.
¿Qué pueden aportar las empresas al ecosistema social?
El modelo de inversión social tradicional suele concentrarse en financiar proyectos. Sin embargo, acompañar organizaciones con potencial de crecimiento requiere una mirada de más largo plazo: entender sus necesidades, medir resultados, fortalecer capacidades y generar conexiones.
En ese sentido, los criterios de la segunda edición del premio —impacto, innovación, sostenibilidad, inclusión, equidad y replicabilidad— reflejan una búsqueda de proyectos que tengan capacidad de dejar instalada una mejora sostenible.
La pregunta ya no parece ser solamente cuánto dinero necesita una organización para ejecutar un proyecto, sino qué condiciones necesita para que una solución que funciona pueda sostenerse, crecer y llegar a más personas.
Del proyecto exitoso al impacto sostenible
El recorrido de los ganadores de la primera edición muestra que las organizaciones sociales pueden ser verdaderos laboratorios de innovación. Muchas desarrollan soluciones desde el territorio, prueban modelos, construyen conocimiento y generan respuestas allí donde las estructuras tradicionales no siempre logran llegar.
Pero para que una buena solución se convierta en una política o un modelo de mayor alcance, necesita algo más que una buena idea. Necesita financiamiento, capacidades institucionales, alianzas, visibilidad y, sobre todo, tiempo.
