La Sustentabilidad como un nuevo humanismo

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Actualmente la sustentabilidad se encuentra en plena batalla por su significación y de esa contienda, puede surgir la gran oportunidad. Si advertimos que los problemas no son ecológicos sino éticos, y centramos la mirada en el hombre, como eje de los conflictos más también de las soluciones.

Javier Garcia Moritán*

Los movimientos sociales que interpelan a generar cambios radicales, tras su impacto inicial y la sensibilización que traen consigo, suelen entrar en un periodo de asimilación. Defensores y detractores, con sus voces a favor y en contra, instalan finalmente el tema en la opinión pública. De este modo, incluso, hasta las instituciones cuestionadas por los movimientos emergentes adoptan sus proclamas, solo que ya despojadas de su urgencia y gravedad. Aquellos mensajes originales, que podían causar tanto escozor como adhesiones fervientes, en su masificación, se banalizan y se hacen tendencia. Las vanguardias contraculturales de los 60 (con el hipismo como expresión saliente) conocieron este proceso. Tras pregonar su rechazo a la guerra e invitar al amor, sus banderas más emblemáticas, al poco tiempo, eran iconos del marketing.

Tengo la impresión de que algo de esto está ocurriendo con el concepto de desarrollo sustentable y todo el movimiento que llamaba a combatir el modelo de consumo por un estilo de vida respetuoso del ambiente. Hoy la sustentabilidad se encuentra tan aceptada que no existe empresa importante en el mundo que no la haya incorporado, al menos discursivamente. Y es curioso cómo las ONGs de militancia más activa, comparten las mismas preocupaciones que las multinacionales, o que ahora todos descubren a la sustentabilidad “en el ADN de sus organizaciones”. En esta lucha por la apropiación del sentido, lamentablemente, el objetivo original suele correrse a un lado. Es elocuente de esto, en el plano político, cuando se presentan dos candidatos a priori antagónicos, pero que coinciden en su mensaje primordial: “lo importante es resolver las necesidades de la gente”, dicen. Y así, cuando pareciera que por fin los políticos descubren su misión, en realidad —siguiendo un falso discurso posideológico—, lo que hacen es no decir nada y peor aún, esconden los conflictos. La sustentabilidad, en su trivialización, activa un mecanismo similar. Estaría tentado a decir que “cuando todos hacemos sustentabilidad, nadie hace sustentabilidad”, mas probablemente sea más adecuado preguntar a qué nos estamos refiriendo exactamente cuándo usamos y abusamos de este término.

Ahora bien, no se puede negar que las banderas verdes y, en cierto punto, humanitarias, lograron penetrar en la sociedad. Sin ser cándidos, hay que reconocer que actualmente “el medio ambiente” forma parte de la currícula escolar, incluso del jardín de infantes. Hay una conciencia crítica sobre el despilfarro de los recursos naturales y una impronta claramente en favor de su preservación. No solo “reciclaje” es un concepto cotidiano en nuestro época, también lo son el ahorro de energía y el cuidado del agua. Y así es que armonizar los resultados económicos con el impacto social y ambiental, es una visión que sin dudas ha triunfado. El desarrollo sustentable hoy es un elemento esencial en la agenda de Naciones Unidas –como a mediados de siglo pasado fueron los derechos humanos—; los gobiernos entienden que es un asunto insoslayable, exigido hasta para obtener financiamiento internacional; y la ciudadanía (con ella las ONG) se manifiesta públicamente cuando entiende que se están avasallando los recursos naturales. Las empresas, por su parte, piezas inexcusables de un modelo de desarrollo históricamente indiferente del ambiente, aparecen como la nave insignia de la sustentabilidad y apuestan por el sostenimiento de los negocios en el largo plazo. Asimismo, en el plano social transitamos una reivindicación de los derechos humanos y ciertas conquistas civiles ya no ofrecen posibilidades de retroceso. Sin embargo –y aquí el riesgo— esta instalación del desarrollo sustentable puede hacerle creer a alguien que si va a trabajar en bici, apaga la luz cuando no la necesita y dona las tapitas de gaseosa para ser recicladas, es parte de la nueva revolución. Digámoslo de una vez: todas estas buenas prácticas individuales son muy valiosas, pero me temo que mientras más nos enfocamos en ellas, más nos alejamos del meollo de la cuestión.

Lo cierto es que pocas veces analizamos qué entendemos por desarrollo o qué implicancias tiene esta noción en nuestra sociedad. Somos legatarios de una visión de progreso nociva del ambiente y las grandes potencias mundiales se han erigido en tales a expensas de la habitabilidad en el propio planeta. Si hasta el Club de Roma a fines de los 60 al ver el impacto que causaba el modo de crecimiento de las naciones más avanzadas proponía “el desarrollo cero”. Pero claro, lo que no consideraban era que muchísimos países en vías de desarrollo se encontraban siguiendo ese camino. Veníamos de una confianza ciega en el crecimiento, hasta el punto en que se creía que la pobreza y el hambre serían eliminados. Y si bien, para esos años había un rico cada 30 pobres, el desarrollo tecnológico, los avances en la producción de alimentos, la evolución de la medicina, y un mundo que se recomponía tras las grandes guerras, daban crédito a la utopía. Hoy todos esos indicadores de “bienestar” incluso han crecido y las fronteras de la vida se han extendido hasta edades impensadas poco atrás. Sin embargo y muy a pesar de estos avances, el sueño neoiluminista no ha hecho más que mostrar todas sus inconsistencias: nos ha dejado una concepción del ambiente como reservorio a estrujarse cual manantial inagotable, llevándonos a perder, en los últimos 35 años, más de un cuarto de la biodiversidad; y una polarización extrema entre quienes detentan la riqueza y los más de mil millones de seres humanos que “viven” con menos de 1 dólar por día.

“…esta instalación del desarrollo sustentable puede hacerle creer a alguien que si va a trabajar en bici, apaga la luz cuando no la necesita y dona las tapitas de gaseosa para ser recicladas, es parte de la nueva revolución. Digámoslo de una vez: todas estas buenas prácticas individuales son muy valiosas, pero me temo que mientras más nos enfocamos en ellas, más nos alejamos del meollo de la cuestión.”

De aquí que nos atrevemos a afirmar que «el productivismo a la economía» y «el individualismo a la cultura» son los resortes de un mundo en donde el 40% de la población está prácticamente fuera de toda posibilidad de consumo y un 60% consume más allá de lo tolerable. Se habla de “huella ecológica” para dar cuenta de los niveles de consumo en relación al tiempo que necesita el planeta para regenerarse, brindando recursos naturales y absorbiendo los desechos. Actualmente el nivel de consumo está demandando el equivalente a 1,5 planetas y a ese ritmo, serán cerca de 3 para 2050. De aquí el sentido histórico del desarrollo sustentable, como demanda por no comprometer a las futuras generaciones a la hora de satisfacer las necesidades presentes. Es ni más ni menos que la supervivencia en la Tierra lo que se pone en juego. Y más concreto que estas estadísticas, que a veces pueden parecer lejanas, es que cada 15 segundos muere un niño en el mundo por falta de agua potable, y, considerando desnutrición, el número llega a 4 millones de niños al año. Que tantos avances de los que somos testigos sean incapaces de contribuir a resolver los urgentes problemas socio ambientales que nos aquejan –y que lo hacen fundamentalmente a quienes menos tienen—, obliga a repreguntarse dónde estamos poniendo el foco.

Un nuevo paradigma
Este brevísimo repaso de algunas de las problemáticas más apremiantes en vistas del desarrollo sustentable y las incongruencias del modelo productivista, nos permiten alcanzar una primera conclusión. Habiendo superado los mitos ideológicos más grandilocuentes que conocimos en el siglo XX y que devinieron en totalitarismo, es menester decir que ni el «Estado» ni el «mercado» señalan el rumbo para reconquistar la armonía con la naturaleza o reconciliar a un hombre, escindido de sus congéneres. Ambos instrumentos, Estado y mercado, no pueden dar al hombre lo que le es propio. Ni uno ni otro ponen a la persona humana en el centro y sin embargo, fueron durante mucho tiempo los faros del pensamiento político y de los sistemas de organización predominantes. Síntomas de la ausencia de la persona en dichas configuraciones, son los colectivismos autoritarios (del fascismo al socialismo) y el individualismo capitalista, obcecado por acumular e incapaz de toda cohesión social. Sus huellas son fáciles de seguir en la actualidad.

“Con este análisis crítico de la sustentabilidad lo último que pretendemos es posicionarnos en sus antípodas. Muy por el contrario, creemos que en sus proclamas originales se han expresado verdades que solo un necio negaría. Ahora bien, el desafío está en reflotar la “indignación creativa”, esa sensibilidad que nos saca del adormecimiento y rechazar la tendencia que todo lo vuelve superficial…”.
Solo a través de un nuevo paradigma, en rigor, un nuevo humanismo, en donde la economía sea una herramienta de y para la persona, orientaremos nuestra civilización hacia la dignidad esencial del hombre. Esta concepción de la persona, como fin en sí misma, debe llevar a cuestionarnos acerca de nuestro estilo de vida, la forma en que cuidamos el entorno y cómo nos relacionamos. El que permanezcamos impertérritos ante las injusticias de que son víctimas tantos millones de seres humanos, por problemas que tienen solución en su mayoría (enfermedades, acceso al agua, distribución de la riqueza), evidencia que el asunto de fondo no obedece a desviación técnica alguna ni a defectos en teorías del derrame. Tanto la inequidad, como la devastación del planeta, son dos caras de una misma moneda sin reservas morales.

Volver una vez más la mirada al hombre, como ese sujeto tan capaz de destrucción como de conversión; volver a indagar sobre las motivaciones de su corazón, como así también de las pasiones que lo obnubilan, es un deber imprescindible para nuestro tiempo. Una filosofía personalista debe rendir cuentas de esto, pero también la antropología, la psicología y todas las ciencias del hombre. Pues en definitiva y, parafraseando al científico catalán Ramon Folch, no hay problemas con los ecosistemas, éstos funcionan, “lo que hay, son problemas de inserción incorrecta del hombre y sus actividades en los sistemas ecológicos, que es algo completamente distinto”.

Es urgente volver a integrar el saber, rescatarlo de la híper-especialización propia de una realidad vista con anteojeras y reencausarlo hacia perspectivas más amplias. Un abordaje integral del conocimiento es imprescindible para entender el comportamiento humano y dilucidar por qué somos testigos de las peores catástrofes autoinflingidas. Tanto en lo social como en lo ambiental, en las relaciones cotidianas, o en la política internacional, sigue imperando una dinámica de poder, que lejos de propender a la fraternidad y la concordia, persiste en la división y el odio. Y aunque no es el único entramado que nos define, es el que nos gobierna. Pero no todo es pesimismo. El experto en proyectación ambiental, Rubén Pesci, menciona que ya se está gestando un cambio en línea con estas nociones en ciertas universidades y núcleos de pensamiento. Se trata para Pesci de una “nueva universitas”, propia de un humanismo no ideologizado, cuya máxima aspiración apunta a volver al ser y pregonar una ética de la solidaridad. Su función consiste en refundar el saber científico, tecnológico y cultural, para ir de la formación sectorial a la formación holística con responsabilidad social.

Conclusión
Con este análisis crítico de la sustentabilidad lo último que pretendemos es posicionarnos en sus antípodas. Muy por el contrario, creemos que en sus proclamas originales se han expresado verdades que solo un necio negaría. Ahora bien, el desafío está en reflotar la “indignación creativa”, esa sensibilidad que nos saca del adormecimiento y rechazar la tendencia que todo lo vuelve superficial, pues así se nos ocultan los ribetes filosos de la realidad y todo sigue su inercia en pos de la quietud y la apariencia.

Decíamos que el desarrollo sustentable nace con un fuerte cuestionamiento al modo de producción y consumo dominantes, cuyas consecuencias más dramáticas presentaban una humanidad direccionada a su propio aniquilamiento. Hoy creemos que para corregir esas “disfunciones del crecimiento”, no hay que ahondar en recetas economicistas ni en técnicas abstractas que no contienen el dolor humano ni se conmueven con el pesar estéril de tantos hombres, mujeres y niños con un rostro, una historia… y derechos que nadie protege. Actualmente la sustentabilidad se encuentra en plena batalla por su significación y de esa contienda, puede surgir la gran oportunidad. Si advertimos que los problemas no son ecológicos sino éticos, y centramos la mirada en el hombre, como eje de los conflictos más también de las soluciones; si nos atrevemos a indagar más allá del objetivismo racionalista y damos lugar al sentir existencial, a las expectativas y valores sobre los cuales nos constituimos (persona y comunidad), podemos aspirar a una eficacia real de la sustentabilidad en su cometido.