Viña Las Perdices es un emprendimiento familiar que intenta dar el salto hacia una mediana empresa apostando a la innovación de productos y tecnología. Produce 400.000 botellas de las cuales el 55 por ciento se vende al exterior. En 2010 alcanzó una facturación por $ 6,5 millones.
Fue en 1952 cuando Juan Muñoz López, junto a su familia, decidió dejar España y llegar a Mendoza buscando nuevos horizontes. En principio, apostó por desarrollar un emprendimiento netamente agrícola, hasta que probó con las primeras viñas en la zona de Agrelo, Luján de Cuyo, donde actualmente funciona la bodega a 1.030 m.s.n.m. en la Cordillera de los Andes. Es la primera zona de Denominación de Origen Controlada (D.O.C), que garantiza un nivel de calidad constante y características específicas de los vinos, lo cual sirve como herramienta de comercialización y posicionamiento argentino.

Anibal Marín no sólo es el gerente Comercial de Viña Las Perdices, sino también el de Exportaciones, vendedor en Mendoza y si hay que entregar alguna caja, también lo hace. “Somos pocas personas y es necesario cumplir varias funciones para que todo salga adelante”, admite el responsable de la bodega que en 2010 tuvo una facturación de $ 6,5 millones.
La Perdices, así llamada en alusión a la gran cantidad de perdices que habitaban la zona, es un emprendimiento familiar con una capacidad de 950.000 litros en tanques de acero inoxidable y más de 100 barricas de roble francés y americano. Durante 2010, la producción total fue de 400.000 botellas, con un precio que oscila entre los $ 44 y $ 300 en vinos de alta gama y premiun. Premiados en diversos concursos nacionales e internacionales de la industria del vino, principalmente exportan a Estados Unidos, Europa, Centro y Sudamérica.
En sus comienzos, contaban con viñedos en distintas zonas donde producían gran cantidad de vinos a granel hasta el año 2000, que se construye la bodega y se comienza con el desarrollo marca. “En 2004, el objetivo principal era vender en el mercado externo, montar el negocio hacia afuera, exportando casi el 90 por ciento y sólo el 10 para el mercado interno”, remarca Marín. Con el paso del tiempo y debido a la realidad del país, esta tendencia se fue revirtiendo y el producto fue teniendo más presencia en el mercado local logrando notoriedad. “En aquel momento convenía exportar, ahora no. Esto nos permitió actualizar nuestro precios, ya que en el negocio del vino es difícil modificarlos debido a la gran competencia en el exterior, donde los precios no se tocan por varios años”, señala el experto. En 2010, el negocio logró equipararse y sólo exportan el 55% de la producción y el 45% restante, se distribuye en Argentina.
Lograr posicionar la marca en el exterior fue un trabajo en conjunto entre la bodega y su distribuidor que se logró con tiempo y esfuerzo durante los tres primeros años. “Nada de lo que se cree sobre el glamour que rodea al vino es verdad. Es un trabajo arduo y lleva tiempo y trabajo no sólo posicionar la marca, sino mantenerla”.

La principal ventaja que diferencia a esta bodega de la competencia es que cuenta con producción propia, por lo que se dedican a mejorar la materia prima y focalizar su estrategia en la creación de nuevos mercados. En nuestro país, la tendencia cambió fuertemente en los últimos años ya que si bien disminuyó el consumo de vino, el público busca marcas de alta calidad. “El consumidor está buscando cosas nuevas todo el tiempo, lo que amplía la competencia y lo vuelve más interesante”. Según Marín, todavía tienen infinidad de situaciones por mejorar para ser competitivos y dar el salto hacia una empresa mediana grande, pero el alto índice de inflación y el gobierno que no acompaña, lo hace aún más difícil.
Entre los puntos fuertes que resaltan como PyME, consideran que la mayor ventaja es la innovación constante en cuanto a infraestructura y cantidad de producto, ya que desarrollaron un portfolio no convencional con lo último en tecnología.
El equipo de refrigeración principal tiene una capacidad de 80.000 frigorías/hora. El establecimiento prioriza la calidad del producto desde su inicio, por ello adopta la molienda de las uvas preenfriadas. Para ello dispone de cuatro equipos de frío auxiliares para realizar estos procesos, además de un equipo generador de agua caliente para responder a demandas puntuales. Los tanques se encuentran conectados a los circuitos de frío-calor de manera que cada uno puede disponer de uno u otro sistema de forma independiente. Para completar el proceso se dispone de una prensa neumática de 80 HL, de una prensa auxiliar hidráulica y dos jaulas íntegramente de acero inoxidable y cintas transportadoras.

“Somos fuertes en la producción y nuestra debilidad son las áreas más intangibles”, reconoce el gerente de la empresa al tiempo que señala que “el número reducido de empleados administrativos con grandes capacidades - son su punto fuerte.
Una ventaja fundamental a la hora de posicionarse en el mercado, es la trazabilidad en los productos que mantiene la compañía: mucha consistencia y agilidad en términos logísticos, además de contar con una regla primordial: jamás quedarse sin stock. Así es que cuentan con 400.000 botellas que descansan en bodega. Por otro lado, Marín resalta la importancia de la imagen que transmite el producto desde la etiqueta y el packaging. Para lograrlo, contrataron a uno de los mejores estudios en marketing vitivinícola, gran fortaleza de este negocio, desarrollaron una historia y crearon la identidad corporativa con la historia de la familia.
Entre los grandes desafíos que se propusieron para este año, figura el lanzamiento al mercado de dos nuevos productos y el ingreso a nuevos mercados.
Si bien el ice wine es muy preciado en países como Canadá, Alemania y Austria, Viña Las Perdices fue la primera bodega argentina en producirlo. Esta variante de Malbec, es un vino elaborado a partir de uvas congeladas, cosechas muy tardías en pleno invierno, por lo que contienen un alto azúcar residual. Con el frío, se congela el agua de las uvas hasta alcanzar temperaturas inferiores a los -8º C. Al elaborarse, se descartan los cristales de agua, lográndose una concentración de otros componentes aromáticos y de azúcares. El vino así producido culmina siendo dulce, denso, pero con alta acidez, a diferencia de otras cosechas tardías.

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