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¿Habría que “obligar” a la lectura?

“Los niños no leen” resulta una frase falaz que desatiende la verdadera esencia del problema. La promoción de la lectura en los niños, la formación de ellos como lectores, señala indudablemente la responsabilidad de una sociedad que necesita recuperar el valor de la lectura como una de las prácticas centrales de su cultura. Ahora, ¿cómo lo hacemos?

Rocío Bressia*

Tienen la palabra

Muchas veces nos sorprendemos con situaciones en las que un pasajero de subte, toma de su mochila un libro, lo abre y aunque no disfruta de un buen asiento, aunque el aire sea denso y agobiante, aunque decenas de personas hablen a su alrededor, aunque ninguno de los elementos que conforman el ambiente donde se dispone a hacerlo sean adecuados, a pesar y en contra de todo, el sujeto decide zambullirse en la lectura.

Más allá de la sorpresa, la situación antes descrita es usual: la gente lee muchas veces (quizá la mayoría) en contextos adversos a la tranquilidad que supone la lectura y logra incluso disfrutar, entregarse, reírse, emocionarse, logra representarse la historia que el libro le cuenta.

Sin embargo, los niños, en general, suelen requerir situaciones más propicias, más cómodas, para entablar un contacto sostenido con un texto. En última instancia, no se trata de lectores completamente autónomos, al menos no independientes, al menos no hasta cierta edad. De este modo concluiríamos que los niños demandan contextos más adecuados para leer, o mejor, contextos que propicien la lectura, que inviten a leer.

Precisamente, un ambiente o entorno alfabetizador es aquel que ayuda a los niños a aprender acerca de la lectura, la escritura y a comunicarse con los demás. Es decir, que ayuda a los niños a recorrer el camino de la alfabetización. Los ambientes donde hay libros, revistas, carteles, materiales para escribir al alcance de los niños y personas que leen y escriben ayudan a los pequeños a comprender que la lectura y la escritura son actividades importantes que ellos pueden aprender.

Sin embargo, sabemos que el contexto no se reduce al escenario. Larga es la tradición dentro de la lingüística que se ha encargado de mostrarnos que los usos lingüísticos, las intervenciones de los hablantes, las prácticas de lectura o cualquier instancia que suponga el contacto con, desde y a través de la lengua, tienen lugar en un contexto (situación o circunstancia) que ejerce una función, determina, condiciona e interviene en la construcción de sentido. Esto quiere decir que el simple hecho de estar rodeados de textos, palabras y letras escritas no ayudará a los niños a aprender. Es decir, un entorno alfabetizador supone un contexto que no solo desde los objetos (instrumentos, materiales, recursos) sino también, y fundamentalmente, desde los sujetos (la familia, docentes, bibliotecarios, voluntarios, los propios compañeros) se interviene en la promoción del encuentro con el texto. Los niños necesitan compartir actividades de lectura y escritura, conversar y escuchar sobre cuentos e historias, ver a otras personas leyendo y escribiendo y tener la posibilidad de hacerlo ellos mismos.

Rocío Bressia, especialista de Fundación Leer
“...la lectura no es una práctica resultante de la elección libre de los individuos, no queda supeditada sin más al juego de sus preferencias. No en los niños. Los niños deben ver en las situaciones de lectura prácticas valiosas; deben advertir adultos que se entusiasman con los textos, que pueden encontrar en ellos una experiencia inigualable que seguro querrán probar.”

Todo pareciera señalar la irreducible importancia que tiene para la formación del hábito lector en los niños, las prácticas, estrategias, saberes, costumbres, comentarios y tanto más que el lector adulto que se para frente a ellos les ofrece como modelo lector. Comprar libros, regalar libros, ofrecer libros incluso, pareciera no bastar.

La lectura es una práctica cultural que en cuanto práctica resulta una actividad empíricamente observable, visible, y en cuanto cultural es condicionada por la sociedad, determinada y definida por ella. Esto quiere decir que las prácticas de lectura de los adultos afectan la representación que los chicos tienen de la relación con los textos del mismo modo que les afecta cuando sus padres les enseñan el comedimiento en la mesa a partir del ejemplo o la responsabilidad ante el trabajo.

Por todo esto entendemos que la lectura no es una práctica resultante de la elección libre de los individuos, no queda supeditada sin más al juego de sus preferencias. No en los niños. Los niños deben ver en las situaciones de lectura prácticas valiosas; deben advertir adultos que se entusiasman con los textos, que pueden encontrar en ellos una experiencia inigualable que seguro querrán probar.
De ahí que exista una relación elemental entre un hogar alfabetizador (donde hay textos y se lee) y el desarrollo de hábitos lectores en los niños que allí viven. Los niños perciben desde pequeños la lectura como un acto completo que estimula la imaginación, que permite pensar otras realidades, que divierte y emociona, que ayuda a crecer.

Así, un promotor que está en condiciones de formar lectores es aquel que advierte para sí las ventajas del encuentro con los libros. Que motiva a leer no como imperativo, como contenido curricular o como habilidad necesaria para el desempeño escolar; invita a leer porque cree en ello. En una atinada contradicción, lo expone la especialista Teresa Colomer:

Se dice habitualmente que, puestos a elegir, los chicos no leen. ¿Habría que "obligar" a la lectura?

Sí. Hay que proporcionar a todos los niños y las niñas la experiencia de leer. Y eso a menudo no es espontáneo, no más que su interés por aprender a dar volteretas en el área de gimnasia o a entonar una melodía en la de música. Siempre hay una tensión entre la dificultad y el interés de cualquier actividad, y obligar (en el sentido de "hay que hacer esto") es uno de los métodos que los adultos utilizamos para enseñar. Los niños lo saben y es una de las expectativas que consideran normales en el contexto escolar.

Y no. Obligar es un instrumento, pero no es el único, ni siquiera el principal. Evidentemente, es mejor "seducir" que obligar. Cuanto más compartida y socializada es la lectura en un aula, menos hay que recurrir a la prescripción. Por otra parte, pueden negociarse los límites: “Hay que leer un libro de la biblioteca, pero el que se quiera”; “Se puede devolver sin haberlo terminado, pero se tienen que haber leído tantas páginas”; “Tienes que leer un rato cada noche, pero lo haremos juntos”; “Tú lees tres líneas seguidas y yo te leo las tres siguientes”. ¹

No es posible desarrollar el hábito lector ni fortalecer las estrategias de su formación si no creemos, como adultos, verdaderamente en nuestra tarea, si no somos nosotros verdaderos lectores: el lector adulto, aquel sujeto que lee antes de enseñar, que ha leído, que lo hace y lo hará porque encuentra en esa práctica una magia indescifrable que intentará contagiar.

¿Por qué es importante que los niños sean lectores?

Desde muy temprana edad, la lectura de textos literarios ayuda a los niños a internalizar la función poética del lenguaje. Es decir, las canciones de cuna, los cuentos, las rimas permiten por un lado la construcción de un vínculo entre el adulto lector y el niño, pero también ofrecen la posibilidad para que las palabras aparezcan ya no como meros instrumentos de comunicación, sino como la posibilidad de creación y experiencia estética.

Los niños pequeños encuentran en el texto literario la oportunidad de jugar con las palabras y con las sensaciones que estas provocan, al tiempo que se vuelven reflexivos y críticos frente a la realidad que los circunda.

Más tarde, los niños deberán poder ir fortaleciendo sus habilidades de lectura de ficción, avanzando dentro de los diferentes géneros literarios, autores y hasta corrientes estéticas. Los niños deben tener la posibilidad de convertirse en lectores de literatura. Dicha formación dependerá exclusivamente de las oportunidades que las familias, los referentes, mediadores y docentes designen para la lectura específica del discurso literario. Un lector está hecho, por un lado, de experiencias de lecturas recurrentes, sistemáticas y, por otro, de las participaciones en reflexiones, intercambios, debates, conversaciones literarias en las que pueda ofrecer sus propias interpretaciones del texto y escuchar las de otros.

En este sentido, los niños deben participar de espacios de abordaje de diversos textos literarios (poesía, cuento, novela, teatro) a través de diferentes modalidades (lectura modelo del docente, lectura por cortes, lectura individual, grupal, etc.). Además, es importante que se habiliten experiencias de escritura creativa a fin de que los niños puedan comprender los procesos de construcción de los textos literarios.

En última instancia, la lectura es un vehículo de reflexión, de crecimiento:

(…) la lectura puede ser, justamente, en todas las edades, un camino privilegiado para construirse a uno mismo, para pensarse, para darle un sentido a la propia experiencia, un sentido a la propia vida, para darle voz a su sufrimiento, forma a los deseos, a los sueños propios. ²

Los niños no leen resulta una frase falaz que desatiende la verdadera esencia del problema. La promoción de la lectura en los niños, la formación de ellos como lectores, señala indudablemente la responsabilidad de una sociedad que necesita recuperar el valor de la lectura como una de las prácticas centrales de su cultura.

* Especialista de Fundación Leer

1 - “La lectura de ficción enseña a leer”, entrevista a Teresa Colomer por Marcela Castro en El Monitor de la Educación  (Argentina).  Año 2, Núm. 4, noviembre 2001.

2 - Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, FCE, 1999, p. 74.

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